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viernes, 8 de noviembre de 2013

Biafran Air Force.

     A finales de los años sesenta del siglo anterior se produjo un genocidio, otro. Fue durante la Guerra Civil Nigeriana, también llamada de Biafra, donde en los peores momentos llegó a darse una media de diez mil cadáveres diarios, con un saldo final de entre uno y tres millones. Pelagra, anemia, inanición... Hubo un descomunal brote de kwashiokor, una patología causada por carencia de proteínas y que afecta principalmente a los niños. Produce lesiones cerebrales, letargo, coma y, al final, la muerte. Leslie Kirkley, director de Oxfam, constató en junio del 68, durante una visita a la zona, que de no recibir víveres con urgencia unos 400.000 entrarían en una fase de "no esperanza". Y eso a muy corto plazo. En cuestión de meses la devastación podría ser definitiva.

     El problema no era solo conseguir los alimentos, sino distribuirlos. La tribu más afectada, los ibos, había sido literalmente cercada, y cortar de raíz todo suministro formaba parte de la táctica bélica. Los enfrentamientos frontales no estaban dando los resultados previstos. El pueblo ibo, inferior en número (una décima parte de combatientes en relación con el ejército oficial) y con armamento de menor calidad, estaba resistiendo los ataques con una fiereza y eficacia insospechadas. No solo vencieron buena parte de las batallas, deteniendo el avance gubernamental, sino que llegaron incluso a hacer una incursión en el occidente de Nigeria, una ofensiva más que temeraria que tuvo resultados desastrosos en el otro bando. De ahí que el lugar pasase a ser, literalmente, un sitio. Bajo el mando del general Gowon, un botarate más girado que el ventilador de Emmanuelle, las tropas nigerianas se decidieron por el asedio, el exterminio indiscriminado y criminal por hambre y enfermedad. Todo aprovisionamiento quedaba terminantemente prohibido, incluido el humanitario, y por supuesto se bloquearon las costas y el espacio aéreo. Mientras, en Europa, se removía el mayo de París y países como Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, Italia y por supuesto la catoliquísima España - los ibos, qué cosas, eran mayoritariamente cristianos - importaban allí... material militar a los otros. Está de más decir que bajo el suelo de Biafra está el océano de petróleo "más puro de todo el mundo". Podría ser utilizado, directamente, para la alimentación de un motor diesel de un camión y éste funcionaría. Sin refinar ni nada, con solo cavar unos cuantos hoyos. Un chollazo.

     En las navidades de ese año hubo un terrible bombardeo sobre Umuahia. No hay constancia de que la aviación nigeriana atacase jamás objetivos armados. Como señala Gary Brecher: "Habría sido demasiado arriesgado, y menos divertido que bombardear campos de refugiados, hospitales y columnas de civiles. Ésos fueron sus blancos favoritos; mejor dicho, los únicos". Varios proyectiles habían alcanzado una casa llena de niños. El espectáculo debía de ser, como es lógico, espeluznante. Un veterano piloto sueco, Carl Gustav von Rosen, se encontraba allí, entregando una carta que le había sido encomendada, y ante la imagen de aquella carnicería se quedó trastornado, rumiando en silencio los horrores. Muy poco después, tomando café con el escritor Frederick Forsyth, más tarde autor de varios best-sellers, se decidió a hablar de su nueva determinación a la vista de lo sucedido: iba a "aniquilar las Fuerzas Aéreas federales". Con dos cojones. Sueco, insisto, de pocas palabras, y a punto de jubilarse además. Se ve que no le gustaba nada la perspectiva del dominó, y a partir de esa no sé si decir optimista declaración se puso a trazar un plan. No resultaba fácil: los gubernamentales tenían cazas MiG-17, bombarderos Il-28 soviéticos, aviones de transporte DC-3 y helicópteros en abundancia, mientras que los biafreños... pues nada en realidad; ni un puto ala delta para saltar. Aunque bueno, ya se sabe cómo son los nórdicos de plantados, y éste encima era conde. Pijadas ni una: les iba a esconder el nabo escandinavo pero bien, en toda la retaguardia del general Güewon o lo que fuese. Estaba decidido.

     Consiguió agenciarse varios ultraligeros canijos. Tamaño furgoneta y no muy grande, de los de fumigar y gracias. Unos de esos cacharros monoplaza que sueltan pedorretas al volar y dan banzados a ras de los árboles. Como mosquitos de pesadilla vamos. Tuvieron que pintar la parte inferior de azul para ver si se camuflaban un poco, porque menudo cante la Biafran Air Force, que así se bautizó el invento. Se alzaban del suelo de chiripa, y con más de doscientos veinticinco kilos de carga ni catapultándolos. Había que arrojar lastre y hasta la mascota para conseguir más cota. Una jartada todo. Sin embargo funcionó. Todas estas aparentes desventajas, al final, resultaron ser de lo más estratégicas. Su forzada lentitud favorecía la precisión en el tiro, la mitad de los cohetes hacían diana, y gracias a volar tan bajo no les alcanzaban más que a balazos. Volvían de las misiones como un colador con alas, sí, pero volvían siempre. No lograron derribar ninguno.

     El 22 de mayo atacaron el aeropuerto de Port Harcourt, llevándose por delante un Ilyushin y dos MiG que había en el pista. Eso como aperitivo. En incursiones posteriores destrozaron unos treinta aparatos de combate y transporte, varios helicópteros, un bombardero británico Canberra, una torre de control, seis camiones... O sea, que diezmaron las fuerzas aéreas, prácticamente todo el arsenal, tal y como había vislumbrado en su día von Rosen. Se montó pero fina. Y no digamos ya cuando fueron a por las instalaciones petrolíferas, a darles donde más dólar les podían producir. Causaron tantos destrozos que la Shell-BP acordó "la suspensión temporal de sus operaciones en la tierra firme de Nigeria". Hubo una sacudida brutal en el mercado británico, y algunos que yo me sé empezaron a verlo crudo pero de verdad. Durante casi seis meses el ejército nigeriano ni se movió. Se declaró una especie de tregua por la bondad del general Gowon, decía la prensa de allí, y otras que por los rigores de la estación húmeda. Se ve que llovían gatos y perros, literalmente. Y pepinazos.
   

     

   

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