" Aquel parecía un día normal (...) en la mitad del otoño de Chile; el día, 22, y el año, 1960.
La visitante recorrió lenta e impaciente, de arriba a abajo, el pequeño hall de recepción, como buscando alguna cosa no muy especial ni muy importante. (...) Finalmente, se aproximó a la ventanilla.
- Buenos días. Quiero poner un telegrama - dijo (...).
- Señora, no es posible.
- ¿Cómo que no es posible? ¿No es éste el Telégrafo del Estado?
- Sí lo es - repuso la joven -, pero si curso su mensaje puede costarme el puesto.
La mujer tamborileó sobre el mesón reflexionando.
- Déjeme hablar con el jefe de la sección - dijo. (...)
- Veamos - dijo el hombre (...).
Efectivamente, la muchacha no había mentido. Leyó enarcando las cejas:
'OYE DIOS: ¿POR QUÉ NO ME MANDAS UN TERREMOTO?
Fdo. : Violeta Parra'. (...)
- Conforme, no hay ningún problema - dijo -. Pero necesito su dirección. Ponga el remitente y yo me encargo de hacerlo llegar. (...)
- ¿Cuánto es?
- Ah, no se preocupe. Esto lo paga el destinatario. (...)
Ciento quince minutos después, una vasta porción geográfica de aproximadamente 400.000 kilómetros cuadrados entró en acción. El primero y único aviso previo fue un remezón corto y violento. (...) Más de 10.000 muertos y once provincias destruidas fue el saldo del seísmo.
(...) sólo años más tarde, conocí esta historia. Cuando algunos miembros de la delegación lograron salir a la calle, vieron desplomarse el hotel vecino, en que se alojaba la folklorista. No cayó por partes, no se derrumbó contra la calle: se arrugó sobre sí mismo hasta que sus cuatro pisos destartalados quedaron convertidos en un chato y humeante montón de tablas y clavos retorcidos impecablemente acumulados sobre la base, entre nubes de polvo y gritos. De entre aquellas vaharadas siniestras emergió Violeta, arrastrándose, las ropas desgarradas, el cuerpo cubierto de cenizas y lodo, con una guitarra desenfundada en la mano. No había sufrido la menor herida".
(Patricio Manns: "Violeta Parra", ed. Júcar, 1984, pp. 13-16)
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