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domingo, 23 de diciembre de 2012

Mis tiranos favoritos (7).

     EL SHA DE PERSIA

     Fue el segundo Sha, y el último, de su dinastía. Su padre empezó de cosaco de a pie y fue ascendiendo en la escala social hasta llegar a Sha Reza el Grande, Rey de Reyes, Sombra del Todopoderoso, Nuncio de Dios y Centro del Universo, en 1925. Lo que se dice una carrera astronómica. Sin embargo tenía sus cosas: había prohibido fotografiar a los camellos, por considerarlos animales atrasados, y en cierta ocasión ordenó fusilar a un burro por atravesarle un prado. Vamos, que era más corto que la tarjeta de visita que llevaba para según qué asuntos, eso fijo; un tipo digamos que tirando a desértico en los usos, rústico de carácter. Pero en fin, le dejó sus hectáreas de parcelas y heredades al varón primogénito - que tenía gemela: la shasha, me figuro  - y a bien corta edad, no podía quejarse el chaval. Tampoco el resto de la población, dicho sea de paso. Si bien a veces, al menor despiste de la estirpe, algunos se liaban la manta a la cabeza - si no la traían ya de serie - y se ponían a derribar esculturas de las ecuestres sin control, como si no costase labor y sus buenos duros cincelarlas ahí a mazo y subirlas al pedestal después - y el arte aparte. Al final ya era como una manía, un reflejo condicionado o un reflujo incondicional o cualquiera sabe. Llegaron a existir auténticos derribamonumentos de altura, gente que había mamado el oficio o lo que fuese en el barrio, desde muy críos, con padres y vecinos, y que incluso se jactaba de ello, quejándose también de los no pocos aficionados que en la revolución del 79 se pusieron a tirar estatuas con mucha cuerda pero poca cordura, sin saber de junturas, metales soldados elementales ni hacia dónde debía inclinarse la estructura al ceder. Y claro, los dejaban caer directamente sobre sus cabezas, a lo caverna. O sea que sí: que era un desastre de espontáneos Persia bajo su mandato, que es que ya ni se llamaba así desde hacía tiempo el sitio. "¿El qué de dónde dices...? No me vaciles, anda".

     El Señor estaba un poco acomplejado como es lógico. Posibles no le faltaban, se exportaba petróleo a espuertas y superados los lances de la nacionalización la mordida era incluso de más dinero. Pero que no, que no se encontraba. Andaba por palacio con zapatos de taconazo y ordenando a la gente que se los besase a ver si así, con la tontísima, subían la talla y la autoestima. Claro que en el fondo sabía que no le querían bien. Para pedir pedían (solicitaban, que es más fino) como si les hubiese hecho la bocona un fraile; hasta en su casa de vacaciones hacían cola para ver si caía una colaboración. Mandatarios y gente bien entronada por otro lado, nada de alucinados de la duna pegando alaridos doloridos, que había nivel. El propio Rey de España - por ejemplo - le mandó una carta en el 77 con un sablazo más gordo que la mítica espada Shahi que colgaba él al cinto para las galas: de diez millones de dólares, a ver si colaba. Para defenderse del PSOE, ya que fuentes fidedignas le habían informado de que eran marxistas... Y todo así de espléndido. Pero luego a la mínima volaban las balas. Había atentados para aburrir. Los mullahs sobre todo, que eran tercos como mulas, y golfos pérsicos de todo pelaje. ¡Si es que al final había tramas para matarle hasta en las tiendas de dátiles! Querían descoronarle ya sin decoro alguno. Su policía secreta, la Savak, no daba abasto. Palabras como tornillo, peso, ciénaga, oscuridad... y muchas otras así de irrelevantes, podían ser consideradas indicios de descontento y base suficiente para una detención, con todo el lote de entonces. A veces se torturaba a los más turbantes sin hacer averiguación previa alguna, sin interrogatorio siquiera, para ahorrar tiempo y gestiones, porque es que estaban saturadísimos de tarados. "Voy a ver a Alí el herrero, que me falta un tornillo". Un fanático. "Uff, qué calorazo hace... Teherán es bochornoso". Un campesino detractor. "¡Qué alboroto!... ¡Le ha tocado un perrito piloto!...". Fusilamiento directo. Ocho de cada diez estaban conchabados; quitando militares y policías y chivatos y chivos y cabrones triscantes y trincantes, pues el desierto petrolero entrero.

     Algunos le describen como un obseso sexual. Se dice que en una ocasión había intentado hacerle el amor a la hija de un ministro volando en helicóptero sobre Isfahan. Para remontar la renta media no tenía demasiadas ideas practicables, más bien ninguna aparte de soltar sus migajas, pero para embizcarse mojando el biscote bien que se le espabilaba la imaginación. En un viaje a Venecia indignó de lo lindo al prefecto de la ciudad al pedirle una mujer para la noche. El móvile de una donna. Se armó un auténtico escándalo: ¿pero cómo había podido semejante enajenado llegar a ser prefecto de Venecia? Tuvo incluso que intervenir el presidente Andreotti para que se agenciase la ragazza. En fin, que lograr que cayese un chichi no era un problema grave, aunque hacer que callasen los chiís ya era otro cantar. Estaban completamente fuera de sí, y con ese idioma en la cabeza además, haciéndose hasta autolesiones y la hostia. Tuvo que freír a varios ayatollahs, a ver si así se templaban. En mesas eléctricas y con aceite hirviendo, que estaba la cosa muy caliente. Luego aquel tal Jomeini con el dedo huesudo apuntándole, que menuda perra con las lapidaciones y las perras que se dilapidaban. No la apeaba: un cabreo de caniche tenía. ¡El sha debe marcharse! Así, sin argumentar ni razonarlo. No decía otra cosa: ¡El sha debe marcharse! Ya se le podía hablar del oro negro, de la revolución blanca y de los ultrarrojos, que no había manera de que reculase: ¡El sha debe marcharse!, y punto. Como si estuviese rayado. Él mientras iba librando linaje y pellejo como podía, lo dicho. Sobre todo usando marines usa, que tienen cierta fijación con democratizar o lo que surja en esa zona. Aunque a veces ya había que salvarlo de carambola. Un día se cayó por un precipicio cabalgando y tuvo que alzarle una mano santa, por lo visto, o sea que se aupó de chiípa. Menuda potra, sí... y menudo caballo que sería también. Un pura sangre, seguro. Pero un poco cegado a lo mejor.

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